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Licorice Pizza: La marcada diferencia entre “Coming of age” y “Teen drama”

El filme destaca por la autenticidad y franqueza que logra transmitir a lo largo de su historia

La temporada de premios está a la vuelta de la esquina, lo que puede percibirse también en la cartelera, no sólo con opciones actuales como Spencer o El callejón de las almas perdidas también con los estrenos como Licorice Pizza, escrita y dirigida por Paul Thomas Anderson y que compite por el Oscar en las categorías a Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guión Original. Ciertamente, hay razones para ver el “potencial para el Oscar” en este filme.

La película nos transporta al Valle de San Fernando durante la década de los setentas donde Gary Valentine (Cooper Hoffman) una estrella infantil de televisión conoce a Alana Kane (Alana Haim) una mujer de 25 años que trabaja como asistente de anuarios escolares. Su amistad los llevará por diversos periplos en los que podremos ver algunas de las curiosidades que maravillaron a los norteamericanos durante ese tiempo, así como guiños aquí y allá a grandes estrellas de la época y las participaciones de actores como Sean Penn y Tom Waits.

Uno de los puntos más fuertes de la película es su guión y montaje, pues muestra una historia sumamente orgánica de una amistad entre dos polos opuestos con sus buenos momentos, pero también conflictos, peleas y terceras personas que van y vienen en sus vidas. En su conjunto, la historia se siente cercana, real, la relación es tan espontánea como la vida real, incluso eso se nota en la forma en la que los hechos se desenvuelven, casi de forma aleatoria, sin tener un foco más allá de la relación entre los protagonistas.


El casting es otro de los puntos que abona a esta sensación de autenticidad, pues hay que reconocer que tanto Hoffman como Haim tienen rasgos distintos a los típicos protagonistas juveniles, los cuales se les representa de una manera muy estética y artificiosa. Aquí, en su lugar, son cuerpos más cercanos al público con una representación más natural. Además, vale la pena decir que su desenvolvimiento como actores es bastante bueno, tienen una química que te mantiene atento a lo largo de la película.


Si bien personalmente me preocupaba la diferencia de edad entre los personajes, creo que el filme lo maneja con sumo cuidado y respeto, algo que se agradece bastante en un medio donde los jóvenes suelen ser hipersexualizados.


Ahora bien, a veces esa espontaneidad puede jugarle un poco en contra, especialmente con las elipsis de tiempo que maneja, pues no queda de todo claro cuánto tiempo pasa entre algunas escenas, a veces parece que es cuestión de días, pero otras se asume que podría ser más tiempo sin tener alguna señal que ayude al público a identificar ese periodo. También hay que reconocer que su ritmo es más bien lento, como un slice of life.


Adicional a ello, hay que tener en cuenta que es una película con un carácter efusivamente norteamericano en los años setentas, ese ambiente prevalecerá a lo largo de toda la película. Si bien ese aire de nostalgia y los guiños a la época son bastante divertidos y producen esa sensación de “tiempos menos complicados”, también es cierto que quizás no sea del agrado de todo el público y que va por una tangente diferente a lo que han intentado hacer muchos blockbusters actualmente.


En general, es una comedia romántica disfrutable que toca fibras diferentes y maneja un humor ameno, más cargado a lo situacional, así como una relación con altos, bajos y fricciones que la hace más próxima al espectador. En buena forma, se siente como una bocanada de aire fresco sin llegar a lo pretencioso. Una buena opción para ver el fin de semana.