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El llanto de las animas (Parte II)


Alexandro Roa oficiaba misa de 12 del día, había poca gente en la iglesia ya que se trataba de un día laboral. Pero los pocos fieles miraban al sacerdote con mucho respeto mientras oficiaba la misa en aquella iglesia imponente. Bernardo semi escondido tras unos pilares estaba realmente fastidiado, ese sacerdote le parecía un tanto presumido sobre todo después de su última entrevista en la que le contaba sus cuentos de terror.


Roa había sido muy enfático en que no los llamara así, pero eso es precisamente lo que eran: meras fantasías de un anciano sacerdote probablemente un fanático que buscaba logar algún tipo de atención de la gente. En su mente repitió esto una y otra vez para conseguir algo de fama para su iglesia en decadencia. Lo que había escuchado un mes atrás no lo había convencido del todo, esto era demasiado. ¿Fantasmas? ¿Posesiones? ¿Exorcismos? Bah, esto parecía una película barata Hollywoodense en lugar de un reportaje para salvar su pellejo. Miró de nuevo al tipo que ahora lo miraba fijamente detrás del altar de la iglesia, esa mirada lo incomodo un poco puesto que después de todo, ese sacerdote sí que imponía con su estatura y esos ojos fríos que hubiesen congelado al mismo satán. Desvió su mirada y salió al atrio del recinto donde comenzó a fumar un cigarrillo. Ese vicio no lo había podido dejar, lo había adquirido por herencia ya que sus padres eran fumadores compulsivos con resultados catastróficos: ¿el? Cáncer Pulmonar que muy pronto se convirtió en metástasis, ¿Ella? Un enfisema que acabó con su vida poco a poco a lo largo de cinco años. Al final solo habían quedado Bernardo, su hermana, un perro y esta adicción que sabía lo llevaría a la tumba igual que sus malaventurados padres.

Estaba por terminar el cigarrillo cuando una mano se posó pesadamente sobe su hombro:


-Espero que no te hayas desesperado- dijo una gruesa voz a sus espaldas que inmediato identifico como la de Alexandro Roa.

-No, señor. Llevo poco aquí y solamente salí a fumar un cigarrillo- contestó Bernardo un poco inquieto por esa mano de hierro en su hombro.

-Entiendo, pasemos a mi despacho, ahí estará más cómodo- dijo el sacerdote mientras se dirigía a la oficina que habían usado como recinto de entrevista la vez anterior.

Bernardo lo siguió mecánicamente, aquel tipo le seguía pareciendo impresionante; si, era un charlatán, pero uno que imponía respeto y la gente lo seguía demasiado, pero no se sentía cómodo con él, una extraña vibración emanaba de los poros de esa mole ensotanada y cada que se topaba con alguien en el pasillo rumbo a su despacho este hacía una reverencia casi de la realeza y se apartaba para abrirle paso junto con un “Su Excelencia” que decían con gran respeto como si se tratara del mismísimo papa. El reportero trató de ignorar esos detalles aunque no podía del todo, el sacerdote imponía y eso era un hecho.


Finalmente llegaron al despacho, Roa abrió la puerta dejando espacio para que Bernardo pasara, le hizo una seña con la mano hacia la silla frente al escritorio y sin decir más cerró la puerta. Bernardo tomó asiento y sacó todo su equipo para la entrevista. Sin decir una palabra, el sacerdote sirvió dos vasos de whisky y puso uno frente al reportero que agradeció con un gesto. Alexandro rodeó el gran escritorio y tomó asiento en su silla del otro lado.


-Bien, ¿listo para escuchar cuentos de terror? – le dijo a Bernardo con una sonrisa sardónica.

-Bueno, si eso es lo que son, entonces estoy listo- contestó al tiempo que echaba a andar las cintas de grabación.

-Muy bien, retomemos. Había entonces llegado a “Villa de López” como exorcista y casi de inmediato me mandaron llamar para que fuera a atender un caso de ánimas en casa de un pequeño empresario que estaba quedándose en bancarrota. Te soy honesto, al principio no creía que realmente las ánimas estaban detrás de la situación económica de este señor, pero fui de todos modos porque así me lo demandaba mi posición como exorcista. Al llegar a la casa me di cuenta de dos cosas de inmediato: la primera era que la casa lucía oscura y lúgubre aunque afuera brillaba el sol con mucha luz y la segunda que el estado de la casa chocaba contra el estado de las viviendas vecinas que estaban un mucho mejor estado que la que estaba mirando. Ahora sí, estaba muy convencido de que esto no era normal. Sin vacilar toqué la puerta y una mujer demacrada me abrió la puerta.

-Gracias a Dios que llegó, padre. Por favor entre, entre-.


Cuando pasé a la casa la cosa se puso todavía peor, hacía mucho frío, pero afuera el sol de la tarde irradiaba un calor sofocante, pero ahí dentro tirité un poco al sentir el frio en mi espalda, el lugar de verdad estaba en decadencia: muebles raídos por el tiempo, oscuridad, olor a moho y humedad, las paredes cayéndose a pedazos, la luz eléctrica era muy pobre contra las sombras que las envolvía pero sobre todo un silencio de ultratumba, los sonidos no viajaban en esas paredes que algunas vez fueron blancas. Empecé a creer que de verdad había algo sobrenatural en ese sitio que necesitaba ayuda de inmediato.


-Señora, soy el padre Alexandro Roa, acudo a ustedes por su desesperada llamada de auxilio, estoy aquí y me doy cuenta que esta situación lo ha rebasado. Dígame señora, ¿Qué pasa aquí?- pregunte a la pobre mujer mientras me sentaba en uno de los sillones caídos.


La mujer rompió en llanto y entre balbuceos trató de explicarme lo que estaba pasando con su casa y sus bienes: -Mi marido entró en decadencia hace unos cuatro meses, de repente los negocios comenzaron a fallar, nada salía bien, los inversionistas cancelaron sin explicación alguna y los socios nos robaban el poco dinero que entraba en la empresa. Mi marido trató de salvarlo todo con un préstamo del banco nacional, pero por alguna razón le fue negado aunque pusiera la empresa en garantía. Entonces cayó enfermo, de la nada comenzó a sentirse muy débil y ansioso, ha estado en cama las últimas dos semanas. Muchos doctores lo han visto pero está clínicamente sano, algo le esta drenando la vida. Fue hace dos noches que nos decidimos mandarlo traer ya que despertó en medio de la noche con un tremendo grito y me aseguraba que había en su habitación unos seres oscuros que querían llevárselo con ellos. Desde entonces alguien está siempre con él porque no permite que lo dejemos solo, dice que si lo dejamos solo esas cosas lo van a arrastrar al mismo infierno.-


Fue entonces que ella ya no pudo continuar hablando porque se ahogaba en sus lágrimas, la cosa había tomado otro rumbo y realmente le creí a la pobre desgraciada, le acerqué un pañuelo para que secara sus lágrimas y pudiera hablar con un poco de más claridad.


-¿Nos va a ayudar?- me preguntó entre sollozos.

-Claro que lo haré, pero antes de hacer algo por favor lléveme a donde está su marido- le pedí cortésmente.


Ella se levantó de inmediato y con una seña me pidió que la siguiera. Caminé por un largo pasillo que parecía una boca de lobo por lo oscuro que se estaba poniendo en cada paso que daba, definitivamente había algo en esa casa que impedía el paso de la luz de día. Joder, me dio mucha pena ver a esa familia en semejante situación por lo que estaba decidido a ayudarlos a como diera lugar. Llegamos a la habitación principal y pude ver a un hombre delgado, pálido y visiblemente enfermo postrado en la cama. Junto a él en una silla estaba una señora ya de edad que no soltaba su mano, el hombre era verdaderamente un muerto en vida a juzgar por esa piel pálida que colgaba de sus huesos. Este pobre señor estaba muy enfermo lo cual me llamó la atención. Comprobé que estaba clínicamente sano debido a los resultados médicos que habían guardado para futuras aclaraciones, aquello no me gustaba nada.


-Señor cura, de verdad gracias por venir, estoy desesperado. Míreme aquí postrado sin siquiera poder levantarme estando clínicamente sano, mi pobre esposa no se ha separado de mi ni de día ni de noche y cuando ella sucumbe al cansancio alguien tiene que estar aquí conmigo o esos espectros me llevarán para siempre al infierno, esos que en constante vigía no dejan de mirarme y que ahora mismo están parados a los pies de mi cama- dijo sollozando de pena.


Yo mismo estaba a los pies de la cama de ese pobre desgraciado pero obviamente no había nada ahí, pero la sensación de pesadez que tenía al estar en ese sitio me gritaba que el hombre decía la verdad, las caras llorosas de sus familiares realmente me decía que tenía que ayudarlos. Puse mi maleta en el piso y di mis primeras órdenes:


-Para empezar, este sitio necesita más luz, corran las cortinas y que así se queden siempre, la oscuridad alimenta a los malos espíritus y es por eso que el alma de este pobre hombre esta tan carcomida.-


Los familiares se apresuraron a cumplir con la orden y corrieron las cortinas, una tenue luz entró a la habitación que por ese momento se llevó consigo la pesadez y tristeza que inundaban la habitación. Saque de mi maletín el crucifijo que siempre cargaba conmigo y una biblia que abrí en el famoso salmo 91, la dejé en el tocador de su cama y cuando el hombre volvió la vista al libro comenzó a gritar. Decía que los entes estaban enojados por mi presencia y que no tardaban en llevárselo al mismo infierno donde una agonía eterna lo esperaba. Yo no alcanzaba a percibir nada, el miedo venía de algo que no podíamos ver los demás pero que el pobre enfermo sí que podía.


Comencé a rezar el salmo para ayudar a sanar el alma del dueño de la casa, mientras lo hacía las ventanas comenzaron a temblar y algunas puertas se abrieron de par en par solo para azotarse de nuevo, el enfermo gritaba una y otra vez que parara ya que los entes estaban muy cerca de él , tanto que podía oler su aliento pútrido y podía sentir el frio de sus manos muy cerca de su mejilla, los gritos se podían escuchar por toda la casa y no me sorprendió cuando unos vecinos asomaron la cara por sus puertas para saber qué es lo que estaba pasando. Después de unos cuantos minutos la calma volvió a la casa, ya no gritaba ni tampoco las puertas se azotaban, el enfermo cayó en un profundo sueño que incluso la familia respiró aliviada.


­-Esta es la primera vez en varias semanas que él duerme tan tranquilo- me dijo la esposa.

-Lo mejor que podemos hacer es salir de aquí y dejarlo descansar. Por favor que alguien se quede aquí velando por el- ordené y un sobrino del señor se quedó sentado en la silla junto a la cama.

-Entonces usted había salvado del infierno a ese hombre. Un triunfo para usted- dijo Bernardo mirando curioso el rostro del sacerdote.

-Yo no diría eso, ese fue solo el interludio entre la calma y unos terribles sucesos que tuvieron lugar la noche siguiente. La situación se complicó más de la cuenta y el desenlace de ello no fue nada agradable- contestó Alexandro mientras sorbía un poco de whisky.

-¿Quiere decir que fracasó en este intento?- preguntó Bernardo con la intención de hallar un punto negro en el historial del presbítero.

-Yo no lo llamaría fracaso, más bien se trató de un infortunado evento pero que nos llevó a descubrir al traidor que había embrujado la casa y al pobre tipo. Pero déjame que te cuente que pasó después-


Esa noche la familia me ofreció un cuarto para dormir, yo no tenía la intención de regresar a la parroquia hasta asegurarme que las cosas habían quedado en calma para siempre. El hombre seguía dormido después de tantas noches en vela sin poder dormir, el descanso estaba reconfortando a ese cuerpo perturbado por las visiones tan aterradoras que aseguraba ver. Me condujeron a mi habitación y después de dar las gracias cerré la puerta y comencé a orar para poder revitalizar mi espíritu después de haber vivido tal cosa, me metí en mi cama y de puro cansancio mis ojos se cerraron hasta que no supe más. Al día siguiente la familia estaba con buen ánimo, habían preparado un desayuno muy bueno para mí y para todos en la casa y aunque el hombre seguía en cama, había decidido comer después de mucho tiempo y con gran apetito.


-Espero no le moleste que hayamos preparado su desayuno, padre- me dio uno d ellos hijos del hombre.

-No es ninguna molestia, agradezco su hospitalidad- contesté mientras tomaba asiento en la mesa para tomar mi desayuno. Noté la presencia de un hombre a la mesa que me miraba con cierto recelo.

-Ah, padre. Que grosera soy, no lo he presentado con mi hermano, vino a ayudarnos a cuidar de mi marido mientras se pone mejor- me dijo la esposa

-Tanto gusto- respondió secamente aquel hombre.

-Lo mismo digo- le respondí con el mismo ímpetu.


Desayuné con mucha incomodidad, de inmediato supe que aquel hombre sombrío era el responsable de la situación del dueño de la casa, no tenía pruebas en ese momento, pero ya saldrían a la luz las fechorías que este tipejo planeaba…


El día pasó sin novedad, pero esa noche ocurrió algo terrible. El hombre se despertó gritando que los entes habían vuelto para amenazarlo y que ahora estaba decididos a llevárselo una vez que se quedara solo, la familia con desesperación pedía mi ayuda. Yo tomé mis cosas y me enfilé a la habitación del enfermo y entonces los pude ver: Parados en la cabecera de la cama estaban cinco espectros, todos ellos encapuchados pero dejaban ver la parte de debajo de su descarnado rostro. Ellos estaban inmóviles, vigilando el cuerpo del enfermo. Yo me les quedé viendo, me quedé inmóvil en mi lugar tratando de ver un poco más los rostros de aquellas presencias de ultratumba, uno de ellos advirtió mi presencia y levantó el rostro y entonces me encontré con una cara descarnada, con rastros de sangre seca en los lugares que el cráneo se asomaba, no tenía ojos pero podía sentir su maldita mirada que penetraba mi carne, aquel ser soltó una carcajada que resonó más en mi mente que entre las paredes del recinto.


Ahora sabía a lo que me enfrentaba, un ánima del infierno que había sido enviada a atormentar al pobre hombre. Los gritos y suplicas de los hijos de aquel pobre me hicieron reaccionar, los espectros me miraban amenazantes mientras me acerqué a la cama donde el enfermo gritaba y sudaba copiosamente. Saqué mi rosario y agua bendita pero al tratar de tomar la biblia esta se cerró violentamente y me fue imposible abrirla. Miré a los espectros que se reían a carcajadas de mis intentos por abrir el sagrado libro, pero no estaba dispuesto a perder la batalla contra ellos así que comencé a recitar de memoria el salmo para poder curar el recinto y el cuerpo del hombre. Las carcajadas de los espectros sonaban tan fuerte dentro de mi cabeza que no me dejaban escuchar lo que la familia me decía, con una mano ordené que guardaran silencio y recé con mucha más fuerza mientras rociaba de agua bendita la cama del hombre. Aquellas figuras comenzaron caminar alrededor de la cama hasta que la rodearon, como si me dijeran que mis intentos eran en vano y que aquel pobre desgraciado les pertenecía, pero yo no dejaría que se saliesen con la suya y decidido seguí con el salmo con más y más fuerza.


Las ventanas volvieron a temblar y las puertas se azotaron de nuevo mientras yo trataba de expulsar aquellas malignas figuras del lugar y así poder darle descanso a la pobra familia. Mientras esas cosas se burlaban de mi yo me quedé envuelto en una batalla espiritual contra ellos y no dejé que me vencieran por ningún motivo. No se cuánto tiempo pasó entre que comenzó aquello hasta que una ventana explotó y de repente todo quedó en calma. Poco a poco recobré conciencia de lo que pasaba en la habitación y los sollozos de la mujer llegaron de lejos. Cuando pude ver con claridad a mí alrededor los hijos y la esposa estaban abrazados del hombre quien también los abrazaba, parecía que todo había terminado y los entes habían desaparecido. Afuera las luces rojas y azules de una patrulla brillaban por las ventanas, los vecinos habían llamado a las autoridades por los gritos que provenían del interior. El hermano de la esposa fue despacharlos mientras la familia me daba las gracias una y otra vez.


Dejé que el hombre descansara mientras la noche cubría la casa, todo estaba en paz y tranquilo, me ofrecieron quedarme una noche más para descansar pero yo ya había tenido suficiente de esa casa y decidí emprender el camino de regreso a la parroquia.


-Padre, no sé cómo agradecerle lo que ha hecho por nosotros- me dijo la esposa

-Ha sido un placer, espero que ahora obtengan la paz que tanto anhelan y que habían perdido desde hace tiempo- le dije mientras les daba una estampa con la imagen de San Benito. -Póngala cerca de usted y jamás se separe de ella, esto la protegerá-

Ella la tomo y besó mi mano y por enésima vez me daba las gracias. Yo tome mi abrigo, mi sombrero y mis cosas y salí de la casa. Caminé por el sendero hasta la puerta de entrada cuando de repente una sensación de frío me invadió por la espalda, no era nada bueno así que me giré para ver una de las ventanas del piso de arriba y allí estaban de nuevo esos espectros. No tuve ni tiempo de reaccionar cuando un tremendo grito cimbró la casa, dejé caer mis cosas y corrí adentro dirigiéndome a la habitación del enfermo… el pobre hombre yacía muerto en su cama con una mirada de verdadero terror, los ojos muy abiertos y las manos torcidas. La esposa se lanzó un grito tremendo y los hijos rompieron en llanto, lo habían dejado solo.

-¿Quién lo estaba cuidando?- pregunté a los presentes quienes guardaron silencio e intercambiaron miradas de confusión -¡¡ ¿Quién debía cuidar a este hombre?!!- pregunté ahora levantando la voz.

-El hermano de la señora…-contestó uno de los criados con voz baja.

-¿Dónde está?- volvía preguntar.


En ese momento el hombre salía apresuradamente de la casa llevando un portafolios en sus manos, uno de los hijos los alcanzó corriendo y lo derribó justo en la puerta de entrada.


-¿A dónde con tanta prisa, tío?- le dijo mientras tomaba el portafolios y lo abría. De inmediato la furia se apoderó del muchacho. -MALDITO INGRATO, MI PADRE APENAS MURIO Y TU YA QUIERES SU EMPRESA- le gritó a la cara y trató de alcanzar su cuello. El tío ni siquiera se defendió, los criados lograron separar al chico de su tío y la esposa tomó los papeles.


Yo me enfilé a la habitación que había ocupado el hombre y me encontré con varios artículos usados en magia, un libro de invocación y una imagen de la muerte en una de las esquinas, era más que obvio que este señor había sido la rata que mando aquellas cosas y por desgracia había logrado su objetivo.


-Él era un inútil, la empresa la podía manejar mejor.- dijo cuándo le entregaba la evidencia a la familia.

-Ustedes decidirán qué hacer con este desprecio de ser humano.- le dije a la familia. -Yo estaré disponible para darle cristiana sepultura a su esposo. Por favor búsquenme en la mañana, yo debo retirarme-

-Claro padre, mientras me aseguraré que este maldito obtenga su castigo- dijo uno de los hijos mientras tomaba un rifle de la pared.

Salí de la casa y cuando cerré el portón de afuera, escuché un disparo…


Alexandro miró el reloj de pared, habían transcurrido dos horas desde el comienzo de la entrevista.

-¿Y qué pasó con ellos?- preguntó ahora con interés el reportero.

-Al día siguiente enterramos al pobre hombre, la esposa estaba deshecha y los hijos también. Pero siguieron adelante encargándose ellos mismos de la empresa que gracias a Dios prosperó y ellos resolvieron sus vidas. Del tío no me incumbía saber que habían hecho con el.- contestó el sacerdote poniendo su vaso de whisky vacío sobre el escritorio.

-En fin señor, nos hemos quedado sin tiempo nuevamente. Debo partir a un pueblo cercano a darle los santos óleos a un moribundo.- el presbítero se levantó para tomar sus cosas ante la irritación de Bernardo.

-¿Cuándo terminaremos?- le preguntó impaciente.


Alexandro se dirigió a la puerta y la abrió para salir de allí. -Terminaremos cuando sea necesario, usted está aquí para hacer su trabajo periodístico y esa actitud no lo llevará a ningún lado. Aún quedan historias por contar y lo mejor será que no apresuremos. Una cosa si le prometo, conforme avancemos esto se pondrá más y más oscuro y la última historia hará que dude incluso de su propia cordura y de su propia fe. Como dije, no me importa si me cree y se lo recuerdo una vez más: guarde la compostura correcta y esto será más fácil para ambos. Su impaciencia solo hará que se prolongue su “agonía” de estarme escuchando. Buenas tardes, tenga la gentileza de cerrar a la puerta cuando salga de aquí, lo veré la próxima semana.- dicho esto se puso su sombrero y salió a pasos grandes.


Bernardo se quedó de una pieza, una vez más no había podido responderle como se merecía al sacerdote. Ahí solo en esa gran oficina le entró la curiosidad de husmear entre las cosas de Alexandro a ver si podía averiguar más sobre él, pero su escritorio estaba cerrado con llave y lo que había alrededor era lo mismo que vio la primera vez que estuvo ahí. Resignado guardó sus cosas y se dispuso a salir, cuando iba a cerrar la puerta vio a una mujer de pie en un rincón de la estancia. Abrió la puerta de par en par pero se encontró el despacho vacío.


-Tal vez mi imaginación ya se llenó de tonterías que este sacerdote me ha estado contando- se dijo a sí mismo y cerró la puerta para salir de la iglesia.